El terror como la nueva estética mainstream
En los últimos años, lo monstruoso, lo grotesco y lo inquietante dejaron de ocupar un lugar marginal dentro de la cultura visual para instalarse en el centro mismo de la conversación. Veamos por qué.
Fashiontinista Magazine · 29 de julio de 2026
Hace unos días vi un video de Sereinne, creadora de contenido y analista de cultura visual, llamado “¿Ahora el terror es cool?” donde planteaba una idea que me pareció acertada: estamos viendo cómo el maximalismo específicamente en la moda tiene menos kitsch y mucho más una estética relacionada al terror.
La observación me pareció brillante, pero también creo que el fenómeno es todavía más profundo. No estamos viendo únicamente un cambio de tendencia, saliendo de esta estética puritana de principio de año que trabajamos en anteriores números, del catolicismo y el resurgimiento de este devenir bucólico y armonioso.
Nos encontramos frente a un resurgimiento de un género totalmente opuesto, el terror se está convirtiendo en uno de los lenguajes visuales más eficaces para representar el presente. Basta mirar las últimas colecciones de alta costura, los videoclips, la fotografía editorial o incluso las películas más celebradas de los últimos años para notar que lo monstruoso, lo grotesco y lo inquietante dejaron de ocupar un lugar marginal dentro de la cultura visual y se empiezan a instalar en el centro mismo de la conversación estética.
Podríamos detenernos un momento a pensar que esta nueva estética responde a la conocida teoría del péndulo: después de varios años dominados por el Quiet Luxury, el minimalismo beige y una fantasía de riqueza silenciosa basada en la pureza de las líneas, el lino y las camisas blancas, era lógico que apareciera una reacción completamente opuesta.
No obstante, y creo que esto es lo más interesante de todo, al contrario de lo que una puede pensar que es el opuesto del lujo silencioso (es decir, un maximalismo decorativo muy pomposo al estilo de los años noventa), lo que apareció fue otra cosa totalmente distinta: vemos cuero, látex, prótesis, maquillaje extremo, cuerpos intervenidos, referencias anatómicas y una estética donde el artificio ya no ahora intenta exhibirse, no ocultarse. Susan Sontag describe esta sensibilidad en Notes on Camp (1964) como “el gusto por lo antinatural, la exageración y el artificio”.
Me parece importante ahondar un poco más en este fenómeno tan interesante porque creo que limitar la explicación a un simple cambio de tendencia sería quedarse un poco corto.
El terror como la estética actual
El regreso del terror también habla del momento histórico que estamos atravesando. Gilles Lipovetsky (2025) sostiene que el kitsch aparece cuando la cultura necesita intensificar constantemente sus estímulos porque lo cotidiano deja de sorprender. En este contexto de sobreestímulo, la belleza clásica parece haber perdido capacidad de impacto y lo extraño, lo grotesco y lo incómodo, al contrario, producen una reacción inmediata. Así, el horror sale de una narrativa del mal gusto para efectivamente convertirse en una estrategia visual de consumo.Quizás donde mejor se vea este cambio sea en el cine. Ya sabemos que durante buena parte del siglo XX el terror utilizó a las mujeres como víctimas.
Hoy el horror parece haber desplazado completamente ese eje. En películas como Pearl, The Substance u Obsession, el cuerpo femenino deja de ser perseguido para convertirse en el propio escenario del terror. Ya no se trata del monstruo que viene desde afuera, sino de un cuerpo que envejece, que cambia, que no alcanza los estándares, que comienza a deteriorarse, a sentir deseo, ¡a enamorarse! o a transformarse. Si hace unos meses escribíamos sobre cómo el cuerpo femenino se había convertido otra vez en un proyecto infinito de optimización, el auge del terror parece ser la consecuencia visual de esa misma lógica.
Las deformaciones corporales, la carne, las mutaciones, las prótesis y la violencia física ya no aparecen solamente para generar miedo; sino como una representación de la ansiedad colectiva respecto del propio cuerpo. Regresando al video de Sereinne, ella expone una lectura que me interesa especialmente porque permite entender por qué esta estética conecta también con las identidades contemporáneas.
La influencer nombra a Harry Benshoff (quien no conocía y me pareció espectacular), quien explica en Monsters in the Closet (1997) que durante décadas el cine de terror utilizó al monstruo como representación de todo aquello que escapaba a la norma heterosexual. Lo queer, lo diferente y lo inclasificable aparecían codificados bajo vampiros, criaturas deformes o monstruos incomprendidos. La respuesta de la propia comunidad fue apropiarse de esas imágenes y convertirlas en símbolos de identidad.
No resulta casual que diseñadores como Alexander McQueen, Thierry Mugler o John Galliano encontraran precisamente allí uno de los lenguajes más potentes para construir sus universos creativos. Lo monstruoso lejos de ser eso que debía ocultarse, se consolidó para estas casas, como una forma de belleza y de poder.
La cinematografía del horror
Hay otro dato que me parece especialmente interesante. El resurgimiento del terror no está siendo impulsado únicamente por los grandes estudios de Hollywood, sino también por una generación de creadores que crecieron produciendo contenido en internet. Obsession y Backrooms, dos de las producciones más comentadas de este año, fueron dirigidas por realizadores de apenas 26 y 20 años que pasaron de YouTube a la pantalla grande sin escalas. Al mismo tiempo, franquicias como Scream, Silent Hill o Ready or Not vuelven a ocupar un lugar central en la cartelera. El terror, lejos de agotarse, atraviesa una nueva edad de oro.
Como menciona Sereinne en su análisis, esto tampoco responde únicamente a una cuestión estética. Sabemos que el terror siempre fue uno de los géneros más rentables del cine. Nos encontramos en un contexto donde la industria audiovisual atraviesa una crisis de rentabilidad y los grandes estudios necesitan minimizar riesgos, es por eso que el terror vuelve a convertirse en una apuesta poco riesgosa, es decir, es un género que cuesta poco, genera conversación y sigue movilizando al público.
Volviendo al campo que nos interesa, creo que esa lógica económica también explica parte de lo que está ocurriendo en la moda. El terror se convierte en una estética mucho más democrática de producción. Al contrario de lo que pasa con lo inaccesible de la estética del lujo silencioso, el horror, en ese sentido, democratiza el artificio, lo hace accesible.
La moda siempre fue un sistema extraordinariamente sensible para detectar los cambios culturales antes de que el resto de las industrias pudieran nombrarlos. Si hoy el terror se convierte en uno de sus principales lenguajes, probablemente no sea porque estemos atravesando una moda pasajera, sino porque necesitamos imágenes capaces de hablar de un presente atravesado por guerras, crisis económicas, violencia, precarización, inteligencia artificial y una sensación constante de incertidumbre.
El Quiet Luxury proponía mirar hacia otro lado; el terror, en cambio, nos obliga a ver lo incómodo y lo horroroso del contexto actual y es por eso que, creo, tiene una trascendencia y una potencia democratizadora y consciente del entorno, dejando atrás las corrientes inaccesibles y elitistas.



